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viernes, 27 de julio de 2012

Las hijas de Eva


Según el Antiguo Testamento fue Eva la primera mujer en desafiar a Dios. ¿Como osaba quien nació de la costilla de un hombre ser un hueso duro de roer ante una divinidad?

Eva, que amaba lo humano más que lo divino, fue la primera esclava. Pero fue también, aunque no lo contara la pluma del hombre en sus libros, la primera revolucionaria.

Ella, que era única, porque nadie decía lo contrario, mordió seguramente con más rabia que miedo, la manzana prohibida, del árbol prohibido, en acto de rebeldía prohibida, por quienes mandaban.

Dios, que entrenaba castigos para Sodoma y Gomorra, descifró el conjuro del parto con dolor. Y como juez supremo condenó a la mujer para la eternidad.

No cuentan los libros de hombres, la cara que puso Adán ni Dios. Ni tampoco dicen si allí, debajo del árbol prohibido existe un letrero que reza:

< Aquí mordió Eva la manzana que se le atragantó al hombre>

Ya en la Tierra de los mortales, las hijas de las hijas de Eva no sufrieron mejor suerte que la que Eva experimentó en sus primeros años. Peor que el parir con dolor era soportar las leyes sagradas  del hombre.

Y algunas prefirieron ser Evas que esclavas. Huesos firmes que costillas de Adán.
La Historia: Cuenta; aunque parezca muda.
Y la Historia: Canta; aunque no tantos bailen esa música que duele y escuece.

Lisístrata estaba harta de tanta guerra. Y de tanto sin sentido. Dicen los libros que se declaró en huelga 400 años antes de Cristo.
Que mientras siguiera la guerra sus piernas eran una cruz.

Y proclamó así su rebeldía. Poco o ningún caso le hicieron al principio. Y ella siguió en sus trece. Y Fueron dos. Luego tres, y así hasta que muchas más mujeres cerraron piernas al hombre.

Dijo:
-         Si él me obliga, no me entregaré.
-         Seré tan fría como el hielo y no lo moveré.

Y así, ese hielo de mujer, apagó el fuego de la guerra sin más alaridos que los de placer; cuando cada hombre volvió de la batalla, a su mejor trinchera.

Hablaron las piernas y se calló la guerra.

Como era noble tenía derecho a ser Lady. Y ella fue más que la esposa de un señor. Lady Godiva, tenía el privilegio también de ser hermosa. Y la virtud de ser humilde. Mitad leyenda mitad verdad, cuentan las letras inglesas que discutía con su marido sobre justicia, mientras el pueblo se ahogaba por la horca de los impuestos.

Para que su marido aflojase el nudo que exprimía a los que no tenían más que exprimirse, ella, muy mujer, aceptó caminar por las calles de su pueblo sin más ropa que sus largos cabellos y más pies que los de un caballo.

Y a modo de apuesta y fantasía sexual desfiló sola, por un pueblo vacío ante nadie y por todos. Según la leyenda, el mirón miró. Y se quedó ciego. O igual fue mudo.

Nadie sabe qué pensó ni que sintió al trote lento del caballo. Si por una vez en la vida reconoció a la libertad por mirarla a la cara. Si soñó con encontrarse, en alguna esquina, con otro caballero con quien compartir la verdad de la libertad, el amor y la justicia.

Quién sabe si esa fue la Dulcinea de Don Quijote. Si él supo de la historia y la buscó infatigablemente por campos de la Mancha.

Quién sabe si él, otro enamorado de la libertad, cabalgó desnudo a lomos de Rocinante soñando con sus cabellos al viento. Quién sabe algo en la santa locura de la libertad.

Juana de Arco fue duro hueso más que costilla. No se sabe si escuchó a Dios entre un gentío de hombres o las voces que su cabeza repetían eran sólo la conciencia de mujer prohibida que hablaba.

Sea como fuere, en el siglo XV que una mujer capitanease un ejército para liberar a un país y además escuchase a Dios no era agrado para la burocracia de los ministros de la divinidad.

Antorcha en mano y frente a un público sediento de espectáculo comenzó el acto. Caminando lentamente, aquella mujer que parecía un hombre,  llevaba una nota pequeña que decía: «hereje, reincidente, apóstata, idólatra». Al escribano se le olvidó dibujar también la palabra: <Mujer>; de eso también se le acusaba, en nombre de Dios.  Por extraño que parezca, sus torturadores y violadores en sus días de encierro, se perdieron entre la multitud y no fueron juzgados. Desde un sillón de oro verían la obra. Hombres caníbales que devoraban hasta los huesos.

La Iglesia que hizo no fue la Iglesia que fue. Y años después de apartar las cenizas de las mentes herejes de las plazas de los pueblos, dijeron que igual, que no saben cómo, que fueron errores de papeleos, que la purificación de la Doncella fue un error.

Y a modo de redención, años después se reabrió el caso. Ahora herejes fueron los verdugos y la condenada a arder tiempo después recibió el agua para apagar las llamas. Un poco tarde dijo alguno. Y lo dijo con la boca chica, no fuera que le escuchasen los que…

La misma Iglesia que la condenó, ya en el siglo XX la hizo beata y santa. Y Francia levanta estatuas en su nombre; ahora que calla y es de mármol.

Y ella, la Juana muy Juana, digan lo que digan seguirá oyendo lo que le dé la gana oír.
Rebelde fue. Y no habrá fuego que la calme.

Otra Juana, la I de Castilla cuando era obediente y loca cuando estalló en rebeldía, trajo más de un dolor de cabeza.

Pero ella sabía que no estaba loca. Como mujer, se habló y se dijo; tenía derecho a exigir fidelidad y amor del matrimonio. Tarde supo que el matrimonio era la condena de la mujer y el derecho de poseer del hombre.

Su marido, Felipe I de Castilla cuando gobernaba, y el Hermoso en las noches de gobiernos, era aficionado al cuerpo de mujer fuera del matrimonio; simpático acto que despertaba sonrisas entre los varones de su corte.

Se dijo de Juana muchas cosas: Que había enloquecido, que no era la misma, que los nervios se  habían apoderado de ella, que estaba sucia y no se lavaba. Nadie escuchaba cuando ella decía. Sufría de amor como una adolescente. Enfermedad pasajera e inevitable de la vida, aunque ella enfermó un día y no se curó nunca.

Tenía apenas 30 años cuando su padre, remedio en mano, la encerró en Tordesillas donde había presos pero no cárcel; había palacio.

Y allí pasó 46 años encerrada y presa de su amor no correspondido. Vestida de negro durante todo el tiempo y desnuda de cariño. Y estuvo porque habló sin reparo, con más corazón que razón sobre sus derechos como esposa y el firme convencimiento de no ser engañada para ser correspondida.

La loca la llamó la Historia.
Bella histeria la de quien nunca calla por amor.

Hace 28 años la Unesco declaró que era patrimonio de la humanidad su suelo. El Taj Majal: bello por fuera y bello por dentro.

Es un palacio romántico. Según la historia, el emperador mongol Sahah Jahan mandó construir a uno de los mejores arquitectos de la época esta obra, para ofrecérsela a una de las mujeres que poseía con título y todo.

La  construcción costó años, y el sudor de 20.000 obreros que sólo sus familias recuerdan.
Seguramente,  alguna  una mujer de obrero, soñó que aquel palacio era suyo también; mientras cuidaba a su marido del agotamiento físico. Seguramente algún obrero sin nombre, alguna noche, después de hacer el amor ofreció el Taj Majal a su mujer, en el silencio oscuro, y al oído. Probablemente alguna viuda dejó en la construcción aquel gigante que asombraba al cielo mientras las manos callosas lo sujetaban.

De ellas la historia no sabe; no recuerda; y si se pregunta, nadie responde.
Pero fue y como fue: Es.

Marie Curie no fue vista con buenos ojos. Una mujer que se hacía preguntas no era una mujer que servía.

Ella solita sin ayuda de hombre alguno, se encargó de responder lo que pudo y le dejaron, y no lo que quiso, a las respuestas que en su mente daban vueltas.

Y estudió la radioactividad entre muchas más preguntas.
Y recibió dos premios nobeles.
Y fue la primera mujer en enseñar en la Universidad de París gobernada por hombres.
Y a pesar de los que nunca creyeron en ella y se beneficiaron de lo que ella descubrió, murió como mujer, y siendo mujer se preguntó, pensó, y respondió mil dudas.
Y su trabajo le dio vida. Y su trabajó la mató.

Rosa Parks fue una Eva negra. Igual de negra nació como igual de negra se murió.
El 1 de diciembre de 1955 dijo que no; que no cedía su asiento de bus a ningún blanco. Que ella tenía derecho por convencimiento y daba igual lo que dijera un chófer racista. Y la insultaron. Pero no se levantó.

Y aquella chispa en la tormenta desencadenó un incendio que no se podía apagar con agua. Ni con porras. Y muchas más quisieron ser Rosa Parks en cualquier autobús.

Ella se fue directamente a la cárcel. Donde curiosamente la estadística decía que había- y hay- más negros que blancos.

Un año después, en 1956, la Corte Suprema norteamericana decidió que si las Rosas Parks querían sentarse, tenían el mismo derecho que cualquiera.

Ella lo supo un año antes. Y era mujer. Y negra.

Y Dios expulsó a Eva del paraíso.
Pero igual fue ella quien se quiso marchar
contra el viento y masticando rebeldía.
Y Adán fue detrás.
Aunque contara en el bar una historia distinta.

Daniel Hostile.
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1 comentario:

  1. Gracias por este post Daniel y que vivan estas mujeres rebeldes y las que quedan por venir!!!

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